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“LA FLOR DEL AIRE” REALIDAD Y LEYENDA

Por admin • 2 ago, 2010 • Sección: Cultura

En el atardecer serrano, en la hora en que el astro rey, con un cálido beso, se despide de las escazas nubes que se sonrojan como avergonzadas ante tal manifestación de cariño; cuando los valles y las quebradas comienzan a inundarse de silencio, desde las cumbres mas altas desciende una brisa muy tenue, saturada de un aroma ligero y exquisito que se suma al encanto y misterio del paisaje montañés.


Escribe el Profesor Rosario Gustavo Torres

¿Quién aporta tan generosamente esa fragancia? ¿Cómo es su aspecto y donde vive? ¿De dónde extrae las sustancias que luego transforma en esa sutil y agradable esencia?.
Es el “CLAVEL DEL AIRE” ó “FLOR DEL AIRE” (como también se le llama), planta “epífita”, o sea que vive sobre otras y posee raíces aéreas que le sirven para sostenerse tomada de una rama, pero sin chupar su savia.
El hecho de tener en el jardín de mi casa varios ejemplares de la FLOR DEL AIRE, me permite describirla detalladamente.
Comenzaremos por las raíces. Estas forman grandes rulos que se enrollan sin oprimir la rama que les sirve de sostén. Son de un color gris terroso con la apariencia de cintas de cartón seco, levemente esponjosas, a fin de captar los elementos de los que se nutre la planta: la escasa humedad atmosférica y el polvo de la tierra que levantan los vientos. En épocas de lluvias aprovecha al máximo el agua que les prodiga la naturaleza, a tal punto que días después puede observarse el crecimiento de nuevas hojas y sobre todo la aparición de la vara que sostendrá sus flores.
Las hojas son acintadas, levemente carnosas, con bordes lisos. En su base miden unos dos centímetros de ancho y se van haciendo más angostas hasta terminar en punta. El largo total de cada hoja alcanza los 20 a 30 centímetros. En conjunto parecen un ramillete de veinte o más cintas de color verde grisáceo, con los extremos curvados a la manera de los tentáculos de un pulpo. Al igual que otras plantas xerófilas, propias de regiones secas, la FLOR DEL AIRE para sobrevivir, tiene que evitar cualquier pérdida del agua almacenada en su interior. Por esta razón sus hojas están recubiertas por una cutícula impermeable de superficie suavemente afelpada que le sirve para retener la humedad del ocasional rocío que pudiera caer durante la noche, el que luego, convertido en vapor durante el día, le proporcionará a las raíces la oportunidad de captar nutrientes.
El producir flores, le demanda a la “FLOR DEL AIRE”, un consumo extra de energía, tal como le sucede a cualquier otro vegetal. Por este motivo en temporadas en que su proveedor de alimentos, el aire, contiene mayor humedad, veremos una floración acorde.
De entremedio del ramillete de hojas nace el eje floral con la apariencia de una varilla de mimbre de color verde blanquecino, que puede alcanzar los 70 centímetros de largo, con un diámetro no mayor a los 0,5 centímetros. En el extremo de este eje principal se insertan numerosas espiguitas simples, cada una de las cuales está compuesta por unas diez flores. Cada flor luce solo tres pequeños y suavísimos pétalos blancos o celestes, formando en conjunto un bellísimo y delicado penacho, de donde brota ese aroma tan sutil que impregna el aire de los cerros ásperos y bravíos.
Parece imposible que tanta vida y belleza pudiera surgir de una rústica planta, cuya existencia depende únicamente de lo que pueda obtener del aire que la rodea. Una planta que se abraza a la rama para pedirle nada más que un lugarcito donde pasar su existencia.
La “FLOR DEL AIRE” NOS ENSEÑA QUE DEBEMOS SER AGRADECIDOS COMO LO ES ELLA que se nutre del aire, y al aire le regala su perfume. Además nos muestra que se puede ser feliz con poco.
Hay aspectos misteriosos en la vida de la “FLOR DEL AIRE”: ¿Cómo ha trepado hasta lo alto donde transcurre su existencia? ¿Quién la llevó hasta allí? Y…. como buscando una explicación, nace la leyenda.
Su origen se remonta a los tiempos de la conquista, cuando españoles y nativos peleaban entre sí, unos por dominar y otros por defender su territorio de la invasión extranjera. Fue en aquella época cuando se produjo un suceso que dio lugar a que la FLOR DEL AIRE apareciera por primera vez en las ramas de los árboles.
Aconteció que un cacique diaguita, cuyo nombre no quedó registrado, divisó en cierta oportunidad a una hermosa mujer española, de la que quedó locamente enamorada. No pudiendo conquistarla de buenas maneras, mandó a un grupo de su gente que arrebataran a la muchacha y se la trajeran cautiva sin hacerle daño. Los intentos fueron numerosos, y al fin, cansado de ver fracasar sus planes, decidió vigilar cuidadosamente los movimientos de la joven, a fin de raptarla. Y fue así, que una tarde la vio alejarse del caserío y tomar el camino de los cerros. La siguió ocultándose entre árboles y matorrales. Cuando estaban lejos de las casas corrió hacia ella. La mujer, cuando lo vio, trató de huir, pero el indio le atajó el paso. Ella buscó otra vía de escape, desesperada comprobó que solo tenía el abrupto cerro por un lado y el abismo profundo por el otro. Entonces su decisión fue inmediata. Se arrojó al vacío. A medida que descendía, su caída se hacía cada vez más lenta, hasta asentar suavemente en las ramas de un frondoso algarrobo que crecía en el barranco.
El indio bajó con dificultad hasta donde ella había caído. En el lugar solo encontró un ramillete de tallos verdes, de cuyo centro nacía una vara que lucía en su extremo un bellísimo penacho de perfumadas flores blancas. Buscó y buscó en derredor el cuerpo de la mujer. Todo fue en vano. Embelesado por la belleza de aquella flor que sus ojos contemplaban por vez primera, quiso llevarla consigo. Estiró su brazo, la tomó y apretándola contra su pecho emprendió el regreso, trepando trabajosamente por el barranco. Al llegar arriba se detuvo, miró los cerros azules y el cielo limpio y como poseído por una extraña sensación arrojó el penacho florido al aire, donde una repentina ráfaga de viento le fue arrancando las flores blancas y fragantes, que como guiadas por una mano invisible, fueron depositándose en brazos de cardones y en las ramas de algarrobos, talas, mistoles y todo arbusto que allí había. Cada flor se fue transformando en una rústica planta donde comenzaron a brotar los blancos y perfumados pétalos.
Al contemplar semejante prodigio, el indio comprendió que la flor no era otra cosa sino la representación de su amada inmolada por su culpa y el color blanco simbolizaba la pureza de la muchacha española, a la que ya no volvería a contemplar. Arrepentido de su torpeza, el cacique enloqueció. Se tendió en el suelo mirando a la flor y así se quedó consustanciado con la Madre Tierra, mientras en los árboles sacudidos por el viento, temblaban los pétalos de la FLOR DEL AIRE como un pequeño pañuelo en adiós de despedida.

BIBLIOGRAFÍA
Leyendas de Nuestra Tierra de Carlos Villafuerte – Ediciones Corregidor – Año 1991 – Buenos Aires.

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Un comentario »

  1. nice post. thanks.

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